viernes, 21 de junio de 2013


El Si de un Mártir

                                                                                                                             Prof. Oscar Mejia Silva       
 
Se acerca el día de la peruanidad, y las estrofas de nuestro glorioso himno se repetirán y entonarán casi diariamente en distintos homenajes y en varios puntos de nuestro país.

¿Quiénes fueron aquellos hombres y mujeres que hicieron posible que nuestro Perú, sea libre, soberano e histórico?

Es evidente que hay muchos; desde héroes nacidos en nuestro territorio, hasta extranjeros, que agradecidos por estas generosas tierras, sacrificaron sus propias vidas, para hacerla libre e independiente.

De entre todos estos héroes, uno en particular me llama mucho la atención. Es nuestro mártir, Alfonso Ugarte.

 ¿Quién fué Alfonso Ugarte? ¿Quién fué este hombre, que hasta después de su muerte, se tejieron una serie de hipótesis, que oscilan entre lo impensable y lo real?

 La primera hipótesis y la más difundida, señala que Alfonso Ugarte, se lanzó con su caballo del Morro de Arica, para que nuestra bandera no sea tomada por el ejército chileno, y así ser convertida en trofeo de guerra.

La segunda hipótesis dice también que murió peleando, junto al coronel Francisco Bolognesi, de acuerdo al testimonio del coronel Argentino, Roque Sáenz Peña.

 A lo largo de mi experiencia como profesor de Humanidades y cuando ha llegado la hora de discutir la muerte de Alfonso Ugarte, he podido ver sonrisas de incredulidad, en los rostros del alumnado a causa de la primera y más difundida de las hipótesis. Estas sonrisas, se tornaron en preguntas, de si era o no posible realizar un acto de tan grande envergadura. Muchos no creyeron que así pasó, que no era posible inmolarse de esa manera por una causa tan alta y prefirieron quedarse con la segunda de las hipótesis.

 Yo, he preferido, desde algunos años, abordar el sacrificio de nuestro mártir peruano desde un  ángulo diferente. Finalmente, todos los profesionales de diversas ramas, tenemos que ser capaces no solo de hablar de nuestras materias en particular, sino de temas esenciales como de la vida y su sentido o de la muerte y su legado;

 Yo he preferido ver en la humanidad de Alfonso Ugarte algunos lados poco conocidos entre muchos de nuestros compatriotas: el de mártir, hombre, hijo, hermano, y cristiano.

 Para poder entender el significado de mártir, leamos las siguientes líneas, que diferencian al mártir cristiano del mártir común.

 El mártir cristiano es algo incomparable. No basta ver en el a un hombre que va a la muerte por convicción….. como si no tuviera importancia la verdad de lo contenido en esa convicción. Lo diferente e incomparable del mártir cristiano consiste en que, pese al horror de cuanto le sucede, no sale de sus labios ni una sola palabra contra la creación de Dios. (Josef Pieper)

 Pero ¿Es posible que Alfonso Ugarte haya sido un mártir cristiano? Y la respuesta se vuelve contundente en un sí. Si es posible, y hay documentos que lo respaldan.

 En sus últimas disposiciones patrimoniales y personales del héroe de Arica dijo:

 “Declaro que soy cristiano, que profeso y creo en la religión Católica y que vivo y muero en tal creencia. Si en algo soy injusto aquí; si he olvidado algún deber, suplico a todos me perdonen, pues en los momentos en que escribo esto me encuentro apurado, con mis deberes militares y del negocio y mi ánimo completamente aniquilado al pensar en que puedo desaparecer en esta campaña y abandonar a mi madre y hermanas que necesitan de mi apoyo”.

 En estas líneas, vemos claramente no solo el martirio cristiano de nuestro héroe, sino su rostro de hijo, hermano y su temor entendible de hombre que se encontrará cara a cara con la muerte. Por tanto en la esperanza de Alfonso Ugarte, nuestro mártir peruano, se asocian tres elementos encerrados en nuestra hermosa bandera

 1. Lo realmente esperado es la vida eterna

2. La aceptación positiva del mundo creado en todos sus aspectos

3. La serenidad ante la contingencia de una catástrofe final en el plano intrahistórico.

Es Alfonso Ugarte, quien con libertad, nobleza y valentía, nos deja en el corazón, el orgullo de ser peruanos. Nos invita a reflexionar, si nuestro corazón respondería a una tarea tan crucial, desde nuestra particular realidad; tanto en nuestros roles de padres, de hijos, de hermanos y de cristianos.

Ser hombre finalmente es hallarse permanentemente confrontado con situaciones de las que cada una es al mismo tiempo don y tarea.

Ante la muerte, la esperanza y el sentido de la vida aparecen frente a nosotros; pero además pueden aparecer el miedo y la angustia de dejar atrás lo que nos acompañó a lo largo de nuestra vida.

Lo que verdaderamente importa es que exista algo que podamos abandonar, algo que nosotros podamos dejar en el mundo, una continuación de nosotros mismos y que finalmente es el sentido de la vida.
El sentido de la vida es algo que no nos lo es dado, sino que es algo que nuestro deber nos lleva a buscar para luego encontrar. La muerte nos llegará a todos y no de la misma manera. La muerte es un momento que hace que de esta vida pasemos a otra mejor, cuando el sentido de la vida valió la pena a pesar de todo.

La muerte siempre estuvo con nosotros, desde que nacimos, pero muy pocas veces la tomamos en cuenta. Sin embargo la vida es mucho más palpable y por lo tanto merece mayor atención de nuestra parte para que cuando la muerte nos llegue, la miremos con ojos de esperanza.

viernes, 24 de mayo de 2013

Bienvenidos

Queridos padres de familia, los invito a leer el primer artículo de nuestro blog y así poder iniciar discusiones que nos lleven a aprender más de nosotros mismos y transmitirles esto a nuestros seres mas amados, nuestros hijos.

Profesor Oscar Mejía


El Santo y el Matemático

                                                                            Prof. Oscar Mejía Silva

 Dice Santo Tomas que la realización del bien exige un conocimiento de la verdad. «Lo primero que se exige de quien obra es que conozca». Sin embargo Rene Descartes manifestó que “es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez”

¿Dónde radica la diferencia entre la prudencia del Santo y la del matemático?
La prudencia bien entendida no permite al hombre colocar bloques de cemento frente a sus ojos y actuar guiados por la voluntad y el deseo. De acuerdo con el santo, el hombre actuaria de acuerdo a la verdad desnuda, es decir a la verdad en cuanto a realidad objetiva.

Y es que cuando miramos al hombre con ojos inyectados de verdad, descubrimos que somos seres imperfectos, o como diría Ortega y Gasset, somos hombres menesterosos. Somos seres que tratamos con el mundo con tropiezos y torpezas y que en su mayoría no estamos ordenados a la trascendencia por voluntad propia.
Queda evidenciado además el rol del matemático. Este calcula de forma aparentemente precisa el grado de confianza o perdón que el hombre medio le otorga a sus pares. No considera oportuno el perdonar al otro porque alguna vez lo engañó.

Si la matemática representa en cierta manera la vida misma a través del encuentro permanente de problemas y la búsqueda inmediata de soluciones, entonces nos preguntaríamos: ¿No es el perdón la forma más humana y sublime de solucionar problemas que impiden el trato verdaderamente fraterno entre dos personas? ¿No es acaso el perdón la apuesta renovada por esta humanidad menesterosa y sedienta de metanoia?
Desafortunadamente nuestros impulsos despiertan muchas veces antes que nuestra ratio, y nos llevan a ser imprudentes para buscar la verdad en las personas y en las cosas. No perdonamos, juzgamos de forma inmisericorde, mal utilizamos la cruz para clavar a los que nos ofendieron voluntaria e involuntariamente, cuando en realidad esa cruz representa para la humanidad entera el perdón de nuestros pecados.

No olvidemos nunca que la práctica en la virtud de la prudencia nos conduce necesariamente a ser justos. La justicia, otra virtud cardinal, hace que el hombre viva en “verdad” con el otro. Bien decía Josef Pieper “la justicia es la base de la posibilidad real de ser bueno” y no podemos ser buenos si no practicamos las dos características propias del cristiano: el perdón y el arrepentimiento.
Nosotros en nuestra plena libertad tenemos la opción de actuar como santos o como simples hombres de ciencia.